Son muchos los sectores que han reclamado una “novena competencia”:
una competencia “emocional”, por la que el alumno sea capaz de
desarrollar y gestionar sus emociones, una “competencia espiritual”, que
atienda al desarrollo de los anhelos más trascendentales de la persona…
Desde varios lugares, José Antonio Marina ha defendido la competencia
filosófica, “que ha sido una de las creaciones más importantes de la
cultura humana, y que permite comprender el sentido de todas las demás”,
por lo que la actitud crítica propia de la filosofía tiene de
emancipadora.
Lo cierto es que todas estas propuestas tienen en común, si se
quiere, la capacidad de reflexión, que, como vimos en la entrada
anterior, era considerada “el corazón de las competencias clave”, y sin
embargo fue olvidada a la hora de concretar las competencias básicas en
el currículo establecido por la LOE.
La competencia emocional puede dividirse en cuaro grandes áreas de habilidades:
Empatía: la capacidad de ponerse en lugar del otro.
Autoconciencia: justa percepción de las cualidades y carencias propios,
capacidad de reflexión, autopercepción positiva de uno mismo
(autoestima).
Auto-regulación: gestión de las emociones, auto-conocimiento, espíritu
de superación y tolerancia a la frustración, asunción de la
responsabilidad.
Socialización: habilidades sociales para desenvolverse en el grupo, resolución de conflictos.
Como señala Eduard Punset:
“No puede ser que a mi nieta de ocho años nadie le haya dicho lo que es
saber ponerse en lugar del otro. Entiendo que no sepa lo que es la
empatía -menuda palabreja-, pero que sepa lo que es saber ponerse en
lugar del otro, si no, no habrá convivencia posible”.
La inteligencia emocional se ha demostrado imprescindible no solo
para la vida en comunidad, sino también para el desarrollo intelectual.
Desde que en 1983 Howard Gardner publicara su Teoría de las
inteligencias, a través de numerosos estudios se ha hecho evidente que
la capacidad cognitiva de una persona no está enteramente determinada
por sus índices de capacidad intelectual. La capacidad intelectual de
una persona se ve reforzada o frenada por muchos estímulos, entre los
que se cuenta el entorno afectivo o la actitud del sujeto.
Aunque las habilidades emocionales indicadas más arriba han formado
parte del proceso educativo integral del niño desde siempre (un proceso
que buscaría formar, no solamente personas “maduras”, sino, “buenas
personas”), la diferencia es que ahora se explicitan estos valores, lo
que impulsa la aparición de actividades y dinámicas que favorecen el
desarrollo de estas habilidades, y esto desde las edades más tempranas.
¡Bienvenidos! Este blog pretende facilitar la labor educativa en los diferentes contextos en que tiene lugar, la escuela, la familia y la sociedad, aportando una serie de recursos, actividades, consejos, etc, relacionados con el proceso de enseñanza-aprendizaje desde el punto de vista de la Orientación y la Acción Tutorial. Espero vuestras participaciones.
Refranes y frases célebres.
El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender. Plutarco.
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