¡Bienvenidos! Este blog pretende facilitar la labor educativa en los diferentes contextos en que tiene lugar, la escuela, la familia y la sociedad, aportando una serie de recursos, actividades, consejos, etc, relacionados con el proceso de enseñanza-aprendizaje desde el punto de vista de la Orientación y la Acción Tutorial. Espero vuestras participaciones.
Refranes y frases célebres.
El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender. Plutarco.
martes, 31 de enero de 2012
La competencia emocional.
Son muchos los sectores que han reclamado una “novena competencia”:
una competencia “emocional”, por la que el alumno sea capaz de
desarrollar y gestionar sus emociones, una “competencia espiritual”, que
atienda al desarrollo de los anhelos más trascendentales de la persona…
Desde varios lugares, José Antonio Marina ha defendido la competencia
filosófica, “que ha sido una de las creaciones más importantes de la
cultura humana, y que permite comprender el sentido de todas las demás”,
por lo que la actitud crítica propia de la filosofía tiene de
emancipadora.
Lo cierto es que todas estas propuestas tienen en común, si se
quiere, la capacidad de reflexión, que, como vimos en la entrada
anterior, era considerada “el corazón de las competencias clave”, y sin
embargo fue olvidada a la hora de concretar las competencias básicas en
el currículo establecido por la LOE.
La competencia emocional puede dividirse en cuaro grandes áreas de habilidades:
Empatía: la capacidad de ponerse en lugar del otro. Autoconciencia: justa percepción de las cualidades y carencias propios, capacidad de reflexión, autopercepción positiva de uno mismo (autoestima). Auto-regulación: gestión de las emociones, auto-conocimiento, espíritu de superación y tolerancia a la frustración, asunción de la responsabilidad. Socialización: habilidades sociales para desenvolverse en el grupo, resolución de conflictos.
Como señala Eduard Punset: “No puede ser que a mi nieta de ocho años nadie le haya dicho lo que es saber ponerse en lugar del otro. Entiendo que no sepa lo que es la empatía -menuda palabreja-, pero que sepa lo que es saber ponerse en lugar del otro, si no, no habrá convivencia posible”. La inteligencia emocional se ha demostrado imprescindible no solo para la vida en comunidad, sino también para el desarrollo intelectual. Desde que en 1983 Howard Gardner publicara su Teoría de las inteligencias, a través de numerosos estudios se ha hecho evidente que la capacidad cognitiva de una persona no está enteramente determinada por sus índices de capacidad intelectual. La capacidad intelectual de una persona se ve reforzada o frenada por muchos estímulos, entre los que se cuenta el entorno afectivo o la actitud del sujeto. Aunque las habilidades emocionales indicadas más arriba han formado parte del proceso educativo integral del niño desde siempre (un proceso que buscaría formar, no solamente personas “maduras”, sino, “buenas personas”), la diferencia es que ahora se explicitan estos valores, lo que impulsa la aparición de actividades y dinámicas que favorecen el desarrollo de estas habilidades, y esto desde las edades más tempranas.
Empatía: la capacidad de ponerse en lugar del otro. Autoconciencia: justa percepción de las cualidades y carencias propios, capacidad de reflexión, autopercepción positiva de uno mismo (autoestima). Auto-regulación: gestión de las emociones, auto-conocimiento, espíritu de superación y tolerancia a la frustración, asunción de la responsabilidad. Socialización: habilidades sociales para desenvolverse en el grupo, resolución de conflictos.
Como señala Eduard Punset: “No puede ser que a mi nieta de ocho años nadie le haya dicho lo que es saber ponerse en lugar del otro. Entiendo que no sepa lo que es la empatía -menuda palabreja-, pero que sepa lo que es saber ponerse en lugar del otro, si no, no habrá convivencia posible”. La inteligencia emocional se ha demostrado imprescindible no solo para la vida en comunidad, sino también para el desarrollo intelectual. Desde que en 1983 Howard Gardner publicara su Teoría de las inteligencias, a través de numerosos estudios se ha hecho evidente que la capacidad cognitiva de una persona no está enteramente determinada por sus índices de capacidad intelectual. La capacidad intelectual de una persona se ve reforzada o frenada por muchos estímulos, entre los que se cuenta el entorno afectivo o la actitud del sujeto. Aunque las habilidades emocionales indicadas más arriba han formado parte del proceso educativo integral del niño desde siempre (un proceso que buscaría formar, no solamente personas “maduras”, sino, “buenas personas”), la diferencia es que ahora se explicitan estos valores, lo que impulsa la aparición de actividades y dinámicas que favorecen el desarrollo de estas habilidades, y esto desde las edades más tempranas.
lunes, 30 de enero de 2012
De mayor seré...lo que me guste.
Leed el siguiente artículo de Eduard Punset, muy interesante.
Autor: Eduard Punset
Es fascinante pensar que la mayoría de la gente no ha tenido la oportunidad de analizar el fundamento de sus dudas. Tomemos un ejemplo que afecta a millones de jóvenes y a sus padres. ¿Qué elemento debe ser el mío? –que es tanto como adivinar qué profesión elijo–. La pregunta no tiene ahora una respuesta fácil, porque el pensamiento científico está vaciando de contenido un arma que hasta ahora se había utilizado profusamente y con gran seguridad. Me refiero al llamado “coeficiente intelectual”.
Las generaciones anteriores estaban primordialmente interesadas en descifrar las capacidades de personas que buscaban un trabajo típico de lo que demandaba la sociedad industrial: ingenieros, economistas y científicos. Se prescindía erróneamente del vasto y fecundo campo creativo representado por las artes. Se creía que con un simple algoritmo se podía medir la inteligencia de cada cual y que esta se hallaba en los más preparados para los puestos más demandados.
Son muchos los que no se han percatado todavía de que todo ha cambiado. Hemos perdido confianza en los índices de inteligencia para medir la inteligencia y sobre todo la capacidad creativa de una persona. Hoy sabemos que difícilmente un solo universo puede prodigar lo que la sociedad necesita; son precisas interacciones entre fuentes académicas y creativas o artísticas.
Jóvenes universitarios se forman en la fascinante biblioteca Jacob und Wilhelm Grimm Zentrum, de la Universidad Humboldt de Berlín (imagen: usuario de Flickr).
Los jóvenes y sus padres deberían buscar menos lo que hay alrededor suyo e intentar penetrar en cuál es el elemento vocacional de
su hijo. ¿En qué aprendizaje me siento bien? Esa pregunta es mucho más
importante que descubrir cuál es la demanda o el empeño de un
determinado sector fuera de uno mismo. Vale la pena enumerar los
secretos de la creatividad pródiga, además, en puestos de trabajo.Lo primero es estar seguro de aquello que uno disfruta haciendo. Los padres deberían –al aconsejar a sus hijos– intentar desentrañar el aprendizaje añorado por sus hijos. ¿En qué les gustaría trabajar o pasar su vida? Eso es lo importante. El segundo secreto de la creatividad y el trabajo futuro es la pasión. Seguro que hay un aprendizaje al que nos gustaría dedicar la mayor parte de nuestro tiempo de forma apasionada; sin que nos demos cuenta de que pasa el tiempo. El tercer secreto de la creatividad que tanto hemos descuidado es algo más duro, a veces, de sustentar de manera prolongada. Pero es perfectamente posible hacerlo si se dan los dos primeros requisitos: ser consciente de la vocación sentida apasionadamente.
Se trata, claro está, de intentar controlar la situación y solo existe una manera para controlarla, y es profundizando con disciplina y rigor en el conocimiento de esa pasión. Hay un cuarto secreto de la creatividad necesario para compensar la falta de interacción entre ciencia y arte. No es posible fijarse un objetivo ambicioso, aunque sea la consecución de lo que se considera el elemento o vocación propia, sin asumir algún riesgo.
En el Renacimiento se había producido ya una verdadera revolución, en la que la creatividad –sobre todo a través del arte– acompañó a la ciencia. Vino después la Ilustración, en la que todo el aparato ideológico, mental y numérico estaba diseñado para garantizar el progreso de la revolución industrial. Desde entonces, la separación absurda entre contenidos académicos y emociones, entre ciencia y creatividad, marginó a esta causando un daño incalculable.
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